Efectos colaterales
es un libro de autorretratos y palabras de un sujeto particular. Exhibe
imágenes de un cuerpo específico, un cuerpo femenino y,
además, del cuerpo de una mujer que ha sufrido una mastectomía.
Y sin embargo, este cuerpo distinto, asimétrico, acechado por
la enfermedad, es el cuerpo de Gabriela Liffschitz, pero es también,
y precisamente por eso, un cuerpo cualquiera, de cualquiera, o mejor
aún: todos y cada uno de los cuerpos. Cuando Liffschitz deja
ver lo que habitualmente se oculta, pone al desnudo su propia desnudez
–allí donde la ropa y las prótesis intentan disimular
los efectos del cáncer. Y al mismo tiempo, con la sencillez más
compleja, deja ver que todo cuerpo –que el cuerpo de todos–
no es otra cosa más que el escenario de alguna tragedia que nunca
llegamos a comprender del todo.
Sin embargo, Efectos colaterales no busca descubrir el horror acechando
lo cotidiano, sino que se propone explorar los recursos con los que
hacerle frente a lo real. Dicho de otro modo: Liffschitz pone en práctica
una política de la mirada que sostiene que ni la feminidad ni
el erotismo residen en la anatomía, sino en una particular puesta
en escena. Así, le arrebata a la medicina sus propios términos
–jarabe de morfina, metatrexato, ciclofenax– para integrarlos
al juego y convertirlos en otra cosa; en títulos que, como joyas,
puntúan las cuatro series en las que una mujer se desnuda, sin
sublimar el cuerpo ni espiritualizar su atractivo, sino tratando de
ahondar sus tramas infinitas.
Las primeras dos series, entonces, instalan las reglas del juego y proponen
un regreso a la escena primordial de la fotografía, a ese momento
en el que alguien posa frente a una cámara, a ese instante en
el que algo se vuelve objeto de la mirada cortante de la máquina
fotográfica. Y todo parece indicar que es a partir de ese grado
cero de la mirada que se advierten los colores y los filtros. El filtro
de la medicina, por ejemplo, que ha “intervenido, revisado, releído,
constatado, recontextualizado, reinscripto” los cuerpos, se inscribe
directamente en la piel de las imágenes de la tercera serie.
Allí contemplamos a un sujeto andrógino, tatuado por las
dos serpientes del emblema de la ciencia médica, agachado, de
espaldas.
Pero Liffschitz nunca le hace frente al aparato médico ni denuncia
sus maltratos. Sus imágenes descubren que, paradójicamente,
sólo cuando un cuerpo resulta escrutado e intervenido, nos empezamos
a preguntar qué significa tenerlo. Esta pregunta –un efecto
colateral de la intervención médica– parece contestarse
en la última serie, cuando advertimos que un cuerpo no es un
atributo sino una praxis. El retrato de una mujer lampiña y envuelta
en una boa de plumas negra –cuya calvicie no parece un efecto
de la quimioterapia, sino un requisito de la estética publicitaria
para realzar sus atractivos– parece afirmar que jamás tenemos
ni somos un cuerpo, ni siquiera lo sufrimos. Lo ganamos, lo abandonamos,
lo entregamos al placer o al deseo.
Recorrido por una vida, experimento fotográfico y también
biografía no autorizada del cáncer, Efectos colaterales
destroza el espacio de la víctima y de la ocultación para
exhibir, desafiante, la contundencia de un modo de actuar, de un modo
de mirar. Frente a la exposición a la que la somete el cáncer,
la fotógrafa decide no construir un lugar de privacidad, sino
sobreexponerse –ella y para ella– y concedernos el lugar
de invitados a la fiesta. Por eso su trabajo no puede leerse como una
muestra de optimismo frente a la adversidad, ni como un “canto
a la vida” al estilo Hollywood. Porque no se trata de encontrar
–pese a todo– lo bello de la devastación, sino de
actuar la peculiaridad como una condición de la belleza.
Si en Recursos humanos, su libro anterior, Liffschitz sostenía
que las imágenes y las palabras la habían sacado “de
la tentación de ser la herida para convertirme en su observación”,
ahora aclara que incluso “antes de ser y representar esa herida”
era necesario “indagar otras formas de acercamiento, otras formas
de pensarla e incluirla en mi vida” . En Efectos colaterales,
Gabriela Liffschitz es mucho más que la herida y, también,
mucho más que su observación. Esta mujer con un seno único
que posa para sí misma constituye la escena femenina por excelencia.
No sólo por escenificar las condiciones de lo bello, sino también
por ser el ojo que sabe encontrar –en la turgencia de un pecho
que sobra o en la explanada dejada por uno que falta– una política
del erotismo.
Paola Cortés Rocca
Inrockuptibles
Marzo 2003